Vicente Muñoz Puelles

Vicente Muñoz Puelles nace en Valencia en el año 1948 y es un verdadero hombre de letras en pleno siglo XXI. Por una parte, escribe para niños, jóvenes y adultos y, además, ejerce como editor y traductor.

Su obra se compone de más de 40 libros publicados y ha sido traductor de grandes autores de la literatura universal como Fenimore Cooper, Joseph Conrad y Georges Simenon.

Reconocimientos

  • Premio La Sonrisa Vertical con Anacaona (1980)
  • Premio Azorín con La emperatriz Eugenia en Zululandia (1993)
  • Premio Alfons el Magnánim de narrativa por Las desventuras de un escritor en provincias (2002)
  • Premio Nacional de Literatura Infantil por Óscar y el león de Correos (1999)
  • Primer Premio Libreros de Asturias por La perrona (2005)

Obras publicadas en El Árbol de la Lectura

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¡No te pierdas la próxima novedad de Vicente Muñoz Puelles!

El regreso de Peter Pan
Ilustrado por Fernando Vicente
Disponible en mayo 2011

Bajo los bombardeos nazis sobre la ciudad de Londres, en un pequeño teatro se escenifica una obra que representa las famosas aventuras de Peter Pan. Dicha representación llega hasta los oídos del mismo Führer, que enfurece ante dicha obra, pues en ella él sale ridiculizado. Todo el aparato de propaganda del III Reich se pone en funcionamiento para acabar con esa farsa, incluso están dispuestos a invadir la Tierra de Nunca Jamás.

Una deliciosa obra literaria en la que la historia y la ficción se mezclan dando lugar a una peripecia llena de humor, inteligencia y ternura.

 

LOS LIBROS DE LA CASA DE MUÑECAS

Vicente Muñoz Puelles

En una sala del castillo de Windsor hay una casa de muñecas enorme, de 2,40 metros de largo por 1,50 de ancho. Es la casa de muñecas que algunos de los eruditos, pintores y escritores más eminentes de su tiempo regalaron en 1923 a la reina María, esposa de Jorge V, para ayudarle a olvidar los sinsabores de la Gran Guerra. La escala es uno a doce, es decir que cada centímetro de los objetos contenidos en la casa corresponde a doce centímetros en la realidad. En la biblioteca de paredes de roble, las estanterías están guarnecidas con libros en miniatura, ejemplares únicos encuadernados en piel y escritos por la mano de sus autores: Arnold Bennet, Joseph Conrad, Conan Doyle, Thomas Hardy, Rudyard Kipling, Robert Graves. El de Robert Graves se titula Poemas abreviados para muñecas y príncipes. Hay también uno de Max Beerbohm, el afamado crítico y caricaturista. Es un ensayo muy elegante, muy característico, escrito especialmente para esa estancia, y empieza: «¡Qué agradable es encontrarse aquí y qué delicioso es estar trabajando en esta perfecta y maravillosa biblioteca! Porque, desde donde me alcanza la memoria, siempre he deseado ser muy pequeño». «Siempre he deseado ser muy pequeño». Cito esta frase, donde lo pequeño se refiere tanto a la edad como al tamaño, porque creo que vale para la mayoría de quienes escribimos alguna vez para los niños. Paralelo al deseo de crecer hay en la infancia tardía y en la adolescencia un deseo contrario: el de no abandonar ese mundo en el que somos o hemos sido tan felices, en el que siempre había otros que velaban por nosotros y nos respaldaban, en el que cada día estaba lleno de descubrimientos y de promesas, y parecía durar siempre. Ese deseo persiste más allá de la adolescencia y de la madurez, y resurge esporádicamente. «¡Quién fuera niño!», solemos decirnos. Y para conseguirlo, o al menos revivir la ilusión de que lo somos, recurrimos al sortilegio rejuvenecedor de la escritura. Un contemporáneo de Beerbohm, J. M. Barrie, el autor de Peter Pan, lo expresó así: «Lo segundo mejor después de ser niño es escribir sobre ser niño». Barrie, como sabemos, añoraba la infancia con una intensidad tan enfermiza que denostaba el resto de la vida. «Los dos aņos de edad son el principio del fin», llegó a decir.

No me considero un escritor para niños, pero sí un escritor al que le gusta incurrir ocasionalmente en el género, y que disfruta mucho cuando lo hace. Es como si me fuera de vacaciones y volviese al territorio de la infancia. Cuando era joven intentaba impresionar a los adultos y por eso escribía deliberadamente para ellos. Ahora, que casi no lo soy, tiendo a pensar que las fronteras entre las edades son una superstición, y que los adultos apenas son algo más que niños grandes.

Mi primera contribución a la ficción infantil fue Los sueños de Axel, que la editorial Anaya publicó en 1987 en su colección Luna de papel. La última es El regreso de Peter Pan, que Oxford University Press está a punto de publicar. De modo que, aunque con intermitencias, he perseverado a lo largo de casi veinticinco años.

En aquella colección de antaño, Luna de papel, que ya no existe, participaban autores que ya habían destacado en otros campos, y a los que se pedía que contribuyeran con un relato destinado a los niños, lo cual, en cierto modo, evidenciaba la relativa precariedad en la que se encontraba el género en España, al menos en cuanto a la estimación general y a la consideración de los críticos. Sospecho que, aunque el nivel literario era excelente, los autores invitados nos esforzamos poco a la hora de acomodar nuestros estilos y argumentos a la mentalidad del público infantil al que teóricamente iban destinados. Había tres categorías según la edad: a partir de ocho años, a partir de diez años y a partir de doce años. Mi texto, en teoría, estaba destinado a los mayores de doce.

 

No escribían para niños o adultos, sino para personas. Precisamente porque escribían tan bien, los niños podían leerlos

 

La colección El árbol de la lectura, de Oxford University Press, en cambio, estuvo desde el principio concebida para satisfacer los gustos y las necesidades del público infantil de nuestros días, un público menos acomplejado, menos castizo, si se me permite la expresión, y más parecido al del resto de Europa. Recuerdo cuando Antonio Ventura, director de la colección, me mostró las maquetas de los primeros títulos, y cómo me ilusionó la idea de figurar entre ellos. Porque a veces sucede, sobre todo en la literatura infantil, que es la editorial la que en buena medida propicia el texto, al fijar las condiciones en que ha de publicarse. Uno ve una colección así, con un formato y un diseño tan atractivos, y al momento desea formar parte de ella.

El árbol de la lectura también está subdividida en varios niveles de lectura. Hay libros para primeros lectores, a partir de ocho años y a partir de diez. También hay una colección de clásicos adaptados, y otra de cuentos maravillosos. Mis dos títulos originales, La expedición de los libros y El regreso de Peter Pan han sido catalogados para más de diez años, pero me gustaría que eso no significara restricción alguna. En el fondo, uno aspira a escribir libros para todo el mundo.

Un editor me telefoneó una vez para preguntarme si me sentía capaz de escribir un cuento en once líneas, para niños de cuatro años, que se editaría a razón de una línea por página, reproducida por partida doble, en cursiva y en letra de imprenta, con la ilustración correspondiente. ¡Escribir para cuatro años! Sonaba como un desafío. Sucede que hay una peculiaridad, o más bien una apetencia literaria mía que apenas he desarrollado en mis libros para adultos, y es la concisión, que suele ser enemiga de la extensión. Me gustan los textos medidos, ajustados, donde las palabras apenas sobran o faltan. Pensé que la literatura infantil, y sobre todo la literatura infantil para los más pequeños, me ayudaría a ejercitarme en ese ideal de concisión y de precisión. Palabras sencillas, frases y párrafos cortos, argumentos trascendentes pero simples, extensión reducida. Un esfuerzo de corrección y destilación, un trabajo casi experimental. Sería como trabajar con menos elementos, como pintar sólo con algunos colores, intentando sacarles un mayor partido. Naturalmente, le dije que había estado toda la vida esperando ese encargo, que se transformó en El sueño del libro, uno de mis libros sobre libros. También he escrito otro texto, Sombras de manos, un álbum ilustrado destinado a lectores de cinco años. En lo que a mí se refiere, esos dos títulos representan la culminación de esa búsqueda de la concisión que tanto me atrae.

En mis incursiones por la literatura infantil me han acompañado ilustradoras e ilustradores magníficos, que han contribuido a dignificar el resultado. Creo que, en conjunto, en los años transcurridos desde que empecé a escribir libros para niños, el sector se ha profesionalizado enormemente, y que el crecimiento de la literatura infantil y juvenil en España ha sido rápido y frondoso. Dicho esto, me gustaría añadir que el ideal sería que niños y adultos intercambiaran sus lecturas. Los adultos deberían tener la oportunidad de comprobar que hay libros supuestamente infantiles y juveniles extraordinarios -también hay, por supuesto, libros inanes, oportunistas, noños o almibarados, en ocasiones burdamente escritos, que aparentan estar escritos para los jóvenes-, y los niños y jóvenes deberían mirar más lejos en cuanto su capacidad lectora se lo permitiera, y explorar la literatura considerada adulta. Eso, seguramente, ayudaría a madurar a unos y a otros.

Acaso, como se ha dicho muchas veces, la división no debería hacerse entre literatura infantil y juvenil, por un lado, y literatura para adultos, sino entre buena y mala literatura. Convendría que fuese el lector quien, haciendo omiso de esas clasificaciones por edades, decidiera qué literatura resulta más adecuada para su edad y conocimientos. Quizá la medida del valor literario de un libro infantil o juvenil sea su capacidad para ser disfrutado también por un público adulto. Porque, en definitiva, como escribió Wordsworth, «El niño es el padre del hombre». Y todos, niños, adolescentes y adultos, merecemos el mismo respeto y el mismo esfuerzo creador.

Supongo que ese es el espíritu de exigencia que animó a los escritores que he citado antes, en relación con la casa de muñecas de la reina María, y les llevó a aportar, en algunos casos, textos que podrían ser calificados apresuradamente de infantiles o juveniles, con la convicción de que lo importante es la calidad literaria y no el género. No escribían para niños o adultos, sino para personas. Precisamente porque escribían tan bien, los niños podían leerlos. Por esa misma razón, en mi biblioteca particular los autores no están ordenados por géneros, y las incursiones infantiles o juveniles de algunos autores figuran al lado de sus otros libros.

Escribir un buen cuento infantil o un buen poema es tan difícil como escribir una buena novela para adultos, aunque por lo común requiere menos tiempo. Lo difícil, como siempre, es escribir bien.

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